lunes, 6 de junio de 2016

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS de Vicente Blasco Ibáñez



   En España somos proclives a alabar en demasía todo lo que proviene del exterior y minusvalorar lo mucho y bueno que tenemos en nuestro país y, por ello, muchos de los grandes escritores que tenemos han pasado con más pena que gloria por el escaparate de nuestras librerías. Este es el caso del escritor al que hacemos referencia en este artículo: Vicente Blasco Ibáñez. Este hombre por unas razones u otras nunca fue lo suficientemente recordado y valorado en nuestro país, quizá porque era un escritor revolucionario y republicano que no casaba con la ideología franquista que imperó en nuestro país hasta principios de los 80.

Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en 1867 y murió en Francia en 1928. Es conocido básicamente por sus obras costumbristas (La Barraca, Cañas y Barro entre otras) y no por otras social y políticamente más duras como La Araña Negra -donde critica a los jesuitas- o La Catedral. No escribiremos sobre éstas sino sobre aquella que le catapultaría definitivamente a la fama internacional: Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Esta novela es poco conocida en nuestro país de tal manera que cuando nos preguntan sobre novelas que podemos recomendar y que traten el tema de la Primera Guerra Mundial a casi todos nos vienen a la cabeza los títulos Adiós a las armas de Hemingway, Sin novedad en el frente de Remarque o El buen soldado Svej de Hasek eso por no hablar del último best-seller de Ken Follett La Caída de los Gigantes. El ejemplo de esta última nos viene como anillo al dedo porque no es el británico quien por primera vez tiene la ocurrencia de explicar un conflicto bélico desde el punto de vista de distintas familias que viven en los países beligerantes pues el propio Blasco Ibáñez lo hizo cien años antes en nuestra protagonista.

El caso es que si hubo una novela que vendió libros como churros en los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra fue ésta de del escritor valenciano.

Comencemos, pues, preguntándonos cómo surgió la idea de escribir sobre este tema. El origen se encuentra en un viaje que realiza a Argentina y que lo lleva a plantearse un proyecto agrícola en la Patagonia entre los años 1911 y 1913. Este proyecto fue una auténtica ruina que lo lleva a la bancarrota pero le servirá para conocer la vida de los grandes propietarios argentinos. Su estancia allí no será fructífera en lo económico pero en cambio en lo personal lo enriquece de tal manera que el segundo capítulo de la novela está basado en los conocimientos que adquirió allí.

Ante la fragilidad económica que sufre y la necesidad de mejorar esta situación insostenible decide marchar a París a probar suerte. Todo un acierto, pues ese mismo año se inicia el conflicto bélico y Blasco Ibáñez decide escribir artículos sobre el mismo que envía a su editora valenciana, nos encontramos ante su Historia de la guerra europea. Adelantándose en más de veinte años a Hemingway, Blasco Ibáñez visita el frente y la retaguardia para ser lo más veraz posible en su narración; y es en esta situación cuando se cruza en su camino el presidente de la república francesa Poincaré quien ha leído alguna obra del valenciano y al que le gusta la manera de involucrarse en el conflicto de este republicano confeso. En una entrevista celebrada entre ambos el presidente francés le anima a escribir una novela que ayude a levantar el ánimo de los soldados franceses ante el conflicto que se acaba de iniciar y Blasco Ibáñez no lo duda. Se encuentra ante la oportunidad que estaba buscando y no la puede desaprovechar. Por este motivo no tenemos que olvidar en ningún momento que Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis es una novela propagandística que en muchas ocasiones falta a la verdad, pues la esconde o exagera en función del ejército al que beneficie o perjudique.

Adentrémonos en la novela. Ésta consta de tres partes claramente diferenciadas con un objeto bien delimitado. En la primera de ellas. Blasco Ibáñez nos presenta a los que serán nuestros protagonistas franceses que emigran a Argentina (aquí nos mostrará todo lo que aprendió de su estancia en la Patagonia) y donde tendrán hijos que después marcharán a Francia y Alemania donde les sorprenderá la Guerra. La forma que tiene de presentar a franceses y alemanes nos indica en favor de qué bando se encuentra aunque ciertamente aún es bastante sutil en mostrarnos sus pensamientos.

En la segunda parte comienza la apología de la guerra, y digo bien apología porque Blasco Ibáñez nos la presenta como un hecho heroico por parte del pueblo francés que va contento y sin miedo hacia un conflicto que creen será corto pues con las nuevas armas existentes el enemigo no podrá aguantar una guerra duradera. Si los jóvenes van contentos a la guerra, los ancianos (como el padre del protagonista) quedan tristes en sus casas porque no pueden aportar su grano de arena en la victoria frente a los alemanes, por lo que tienen que remitirse a sus recuerdos del último enfrentamiento franco-alemán: la guerra franco-prusiana de 1870 que acabó con la derrota francesa y el advenimiento de la Tercera República Francesa imperante en el país galo hasta 1940.

La segunda parte acaba con un capítulo que se centra en la barbarie alemana –volvemos a la propaganda- frente a una población civil francesa inocente que muere con honor. De los franceses nunca esperen actos de cobardía o barbarie pues ya sabemos quién le dio carta blanca a Blasco Ibáñez para que se moviera por el frente a su antojo y porque además la novela tenía como objetivo levantar el ánimo de la población civil francesa.

La tercera parte es dura. El autor nos presenta a Marcelo (padre del protagonista) visitando el frente y describiendo de manera incorrecta la vida del soldado en las trincheras pues parece que los soldados están de pic-nic en ellos cuando en realidad vivían en unas condiciones horrorosas: ratas, barro, parásitos, contagio de enfermedades… Quizá el hecho de que se publicara en 1916 cuando la guerra parecía no tener fin, y en un momento en el que la moral estaba baja en la población francesa sirviera para edulcorar las malas condiciones de vida de los soldado que uno tras otro iban cayendo a lo largo de todo el frente bélico.

Nada que ver con lo que escribió un “independiente” español que también visitó el frente, hablamos de Valle-Inclán que describió las trincheras como:

“ … zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de lluvia y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo cenagoso, y ráfagas de viento traen pestilencias de carroña”.

El caso es que la novela pasó sin pena ni gloria por las librerías europeas ensombrecida por la obra del alemán Remarque Sin novedad en el frente, pero la suerte se aliaría con Blasco Ibáñez al igual que con Francia en forma de Estados Unidos que en 1917 decide intervenir en el conflicto lo que decidiría la contienda y las finanzas del escritor valenciano. Y es que en 1918 se publica por primera vez en Norteamérica la novela que rápidamente se convierte en un auténtico best-seller pues ese mismo año logra vender 500.000 copias a un precio elevado para la época 1,90$ equivalente a unos 27$ de la actualidad. En 1921 el número de libros vendidos se había elevado ya a los dos millones cifra que no sería superada hasta que en 1933 Hervey Allen publicara “Anthony Adverse”.

El éxito de la novela fue tan rotundo que en 1925 uno de los capítulos de la obra de Irving Harlow Hart Best Seller in Fictions during the First Quarter of the Twentieth Century se centra exclusivamente en la novela de Blasco Ibáñez.


Antes, en 1921 Hollywood decide llevar a la gran pantalla la novela y, claro está, la película fue otro fenómeno bestial pues convierte a su protagonista en estrella, éste no era otro que el hasta entonces desconocido Rodolfo Valentino. Por si esto fuera poco, la película superó en taquilla a la estrenada por Charles Chaplin The Kid y esto tenía mucho mérito pues Chaplin era el rey Midas de Hollywood en aquellos tiempos. Esta película fue elegida años más tarde como la sexta mejor película muda de todos los tiempos.

La influencia de este best-seller va aún más allá y en 1962 de nuevo Hollywood lleva a la gran pantalla una adaptación de la novela en esta ocasión dirigida por Vicente Minelli y protagonizada por Glenn Ford. Otro éxito de taquilla.

Prueba del reconocimiento exterior que tuvo es que en 1920 fuese nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Washington y que unos años después -en 1926- fuese elegido el segundo escritor más popular en EEUU siendo superado solo por H.G Wells en una encuesta de la Revista Internacional del Libro de Nueva York.

Mientras en España con esa clase política cainita característica de nuestra historia se inicia el ensalzamiento o la “damnatio memorae” dependiendo de quien estuviese en el poder. Así cuando se proclama la II República el gobierno no repara en gastos para traer los restos mortales de Don Vicente a Valencia y para ello envían a las costas francesas al acorazado Jaime I, estamos en 1933. Las obras de un mausoleo se inician en 1935 pero el comienzo de la Guerra Civil un año después las paraliza. Al finalizar la guerra el bando vencedor derriba el mausoleo al identificar a Blasco Ibáñez con la República.


Max Aub describe a la perfección el lugar que ocupa nuestro protagonista «Aquí, en el cementerio civil, en un nicho con el alto relieve de mármol blanco tallado muy modern stylese lee “Vicente Blasco Ibáñez” y sus fechas (creo). Nada más. Bastante abandonado. Pequeña. Un nicho. Nada…». «Lo que importa, lo que me impresiona, es esa triste placa de mármol, más o menos solitaria, de Blasco, ahí en el cementerio civil, escondida… Lo triste es esto: esta placa de mármol de un estilo pasado de moda, abandonada, cerca del suelo, con los restos de medio siglo de su ciudad».

2016 y uno de los grandes best-seller que ha dado nuestro país sigue en el olvido.